Posteado por: periodistarural | 27 diciembre 2010

Navidad y Año Nuevo

Por Manuel Chiriboga
Investigador de Rimisp – Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural

Cuando era niño, los días inmediatamente posteriores a la Navidad eran de máxima felicidad, era momento de disfrutar los presentes que nos había dejado el Niño Dios sobre la cama o en el nacimiento. Mis primeros recuerdos no incluyen el árbol de Navidad y el gordito Noel que aparecieron algo más tarde; pero sí los días de juego hasta el cansancio con el regalo recién recibido: comíamos el dulce extraordinario, pateábamos la pelota en el jardín o montábamos la bicicleta en el parque cercano; compartíamos regalos con primos y vecinos, compañeros de juego y disfrutábamos del ambiente de felicidad familiar. Era un momento en que nuestros padres y conocidos ponían de lado sus preocupaciones de la vida diaria, sean políticas, laborales o económicas. El énfasis estaba en la familia y la amistad.

Tal vez la única preocupación de esos días eran los preparativos para las fiestas del 31, la quema del viejo, la elaboración del testamento, los disfraces de inocentes o de viudas. Lo cierto es que entonces para mí era más importante el fin de año que el nuevo, que era una noción más abstracta; el único día para inaugurar un nuevo año era el cumpleaños, día también de celebración y regalos. Pero el 31, al menos hasta cuando nos dejaban estar en la calle, era algo que preparábamos con cuidado, la felicidad llegaba con algunas monedas que alguien daba a nuestras viudas, como premio al monigote que habíamos preparado. Años más tarde cuando nuestros hijos tenían diez o menos años, ese recuerdo tan lindo de nuestra niñez fue pauta, cuando nos reuníamos en República y Almagro con amigos queridos, para hacer lo mismo. Nuestras hijas vestidas de pequeñas viudas y nuestros hijos con disfraces variados participaban de la celebración, que luego culminaba con juegos artificiales que iluminaban el cielo. Todavía ellos recuerdan esas noches mágicas, como nosotros hacemos con las nuestras.

Lo que sí cambió en la celebración del año viejo fue la mayor preocupación por el entorno político, diferente a la visión más ingenua de la metáfora del viejo, como sinónimo del año que termina. A fines de los años setenta e inicios de los ochenta, el viejo representaba personajes políticos, y el testamento que anualmente preparaba nuestro poeta dejaba como mala herencia y condenado al fuego todo aquello que conspiraba contra una sociedad justa y democrática. ¿Qué es lo que quisiera quemar hoy en día? Pues es muy fácil: la intolerancia, la impunidad, las restricciones a los derechos de información y prensa, la dificultad de armar consensos y acuerdos y el descuido sobre nuestro planeta.

Pero este periodo entre Navidad y Año Nuevo es uno de celebración y de buenas intenciones, es momento de juego y de compromiso para un año mejor, es también de esperanza de bienestar y salud para la familia, para nuestro país y también para uno. Un año en que espero contribuir proactivamente desde esta columna a las mejores causas del país, con una línea analítica y problematizadora, que no acepta verdades absolutas, venga de quien venga.

En lo personal, hoy, años después de esos recuerdos maravillosos, en esa ciudad que ya no existe, vivo un año a la vez, agradeciendo lo que recibí, prometiendo conquistar de a poco la vida, mirando con optimismo el futuro, celebrando la vida, la amistad y la familia.

Muchos saludos a todos.

La columna de opinión fue publicada en el Diario El Universo de Ecuador.

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