Posteado por: periodistarural | 24 junio 2010

La tierra que cultivó José Saramago

Por Rodrigo Yáñez 
Asistente de Investigación de Rimisp – Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural 

José Saramago murió hace pocos días entre el dolor de escribir y la alegría de haber escrito. El reconocido literato, ensayista y político ibérico partió a reencontrarse con Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha, su genealogía rural, dos personajes de vida y obra que le enseñaron el duro oficio de vivir. 

Don Jerónimo y Doña Josefa fueron los abuelos del algún día joven José. Humildes agricultores de la campiña mediterránea educaron al escritor que fue galardonado con el premio Nóbel –según dice- solo por intentar replicar lo que le fue entregado por el hombre más sabio que conoció en toda su vida y que, por lo demás, no sabía leer ni escribir. De noche, recostados bajo una atenta higuera, Don Melrinho le enseñaba a José como lo hacían los antiguos, a través de leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, los principios humanos por los que comenzó a escribir y hoy seguimos leyéndolo. 

Es extraño, pienso que Melrinho y Caixinha le enseñaron a Saramago lo que todo hombre y mujer de campo trasmite con la mirada y que, en el fondo, también florece en el silencio de las urbes (que algún día también fueron rurales). Esto es lo mismo que se revela en muchas de las entrevistas que cruzan las investigaciones o los pasillos, los rasgos (ocultos) de una sociedad orgullosa de los autodidactas. En el mate, los bosques, las risas y el desierto uno encuentra su propia higuera. 

Por eso Saramago invita a contar la historia de los comunes, la historia cotidiana, porque en el mismo momento que se narra deja de serla, entregándole un nuevo sentido. En ningún caso antes fueron vidas poco significativas, eso no está en duda; no obstante, un relato adquiere un nuevo valor cuando se acopla con otros cientos, que al igual que sus abuelos, puede representar a aquellos que se acuestan con la única certeza que mañana será implacablemente otro día. Bajo este principio, todo tipo de datos se tornan relevantes en la investigación social (pensado en las dimensiones numéricas o poéticas en que estos pueden figurarse), ya que son dos métodos, en ningún caso excluyentes, que permiten recrear la vida de Don Jerónimo, Doña Josefa y Don José. 

Tal vez la gran lección que nos dejó este intelectual es que todos pueden llamarse José, sí, el que hace leña y lucha por una Europa consciente de los abusos coloniales; el que sale al alba con los animales sin olvidar como el hombre utiliza perversamente la razón cuando humilla la vida, o el que guarda una roñosa libreta en la cocina para sacar cuentas toda vez que subvierte la autoridad de las verdades históricas.

Crédito fotografía: Musiciennedusilence / Flickr

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