Posteado por: periodistarural | 17 noviembre 2010

Mujer, política y medio ambiente

Por Ileana Gómez
Investigadora Principal del Programa Salvadoreño de Investigación sobre Desarrollo y Medio Ambiente – PRISMA 

En las pasadas elecciones celebradas en Brasil las mujeres fueron verdaderas protagonistas de la contienda electoral, tanto así que un 65% de los y las brasileñas votaron por una mujer. Un 46% por la oficialista Dilma Rousseff  y un 19% por Marina Silva, dirigente del Partido Verde, ex ministra de medio ambiente y reconocida ambientalista.

Aunque en América Latina la presencia de mujeres en puestos de gobierno  y como presidentas no es nueva,  estas todavía no dejan de ser figuras individualizadas. Sin desmerecer sus capacidades personales, en algunos casos su llegada al poder ha estado muy marcada por su vinculación matrimonial o familiar. Por otra parte, ha sido la incidencia de los movimientos feministas, la experiencia de las mujeres en los movimientos revolucionarios, los discursos sobre la equidad de género, así como un mayor acceso a la educación, los factores que han permitido un salto de calidad para una mayor  presencia de las mujeres en la vida política y partidaria.

En los partidos políticos hay un cierto avance en la definición de medidas explícitas para que la participación de mujeres sea más equitativa. Lo más común es que se definan cuotas de representación de mujeres en espacios de toma de decisiones. Menos claro es hasta donde  se crean incentivos para incorporar más mujeres a los partidos, cómo se fortalece su participación y liderazgo en un mundo tradicionalmente masculino y cómo se conectan con sus demandas y percepciones.

Dentro de las organizaciones y movimientos ambientalistas el liderazgo femenino también se ha ido abriendo paso. El movimiento ambientalista en Latinoamérica cobra fuerza después de la declaración de Rio en 1992,  cuando ya el feminismo tenía  terreno ganado en la vida social de la región y los programas y proyectos para el desarrollo demandaban que la sostenibilidad fuera acompañada por la equidad de género.

En este contexto hay apertura a la figura de la mujer en la participación por demandas sociales. En el caso de los movimientos ambientalistas, líderes como Marina Silva surgen impulsando luchas por detener la explotación de los recursos naturales. Silva es un ejemplo de mujeres que nacen desde la base, su experiencia al lado de Chico Mendes en la amazonia brasileña supuso enfrentar una verdadera lucha para  que el aprovechamiento de los recursos forestales, en este caso la extracción de caucho, quedara en manos de las comunidades de “siringueiros”(caucheros), y con ello se consiguiera mayor control de la selva para detener  la deforestación del Amazonas.

Esta lucha costó la vida de Chico Mendes, aunque finalmente se formó una reserva extractivista controlada por los siringueiros. Además de ese proceso despega el liderazgo de Marina Silva. Como ella otras mujeres avanzan en la demanda de mejores alternativas para el desarrollo económico, donde los recursos naturales sean manejados en forma sostenible,  y que esta sostenibilidad empiece por garantizar calidad de vida a sus familias y comunidades. De esta manera las acciones ambientales tocan temas relacionados con la equidad en el acceso a los recursos naturales, donde las comunidades campesinas e indígenas han sido sectores excluidos o insuficientemente atendidos por las políticas de desarrollo.

En Centroamérica las mujeres indígenas y afrodescendientes son portadoras de fuertes demandas por la equidad y el respeto a sus derechos, hay fuertes liderazgos femeninos en los movimientos de resistencia frente a los megaproyectos de turismo en la costa Caribe Hondureña, en los procesos autonómicos de las regiones del Atlántico Norte y Sur en Nicaragua, pero también en los procesos de incidencia para que los estados revaloricen el rol que juegan las comunidades indígenas y campesinas en la adaptación frente al cambio climático.

Si la lucha por la sostenibilidad ambiental está abierta a la presencia de mujeres, es en gran parte porque surge después de las luchas feministas y del reconocimiento internacional de los derechos de las mujeres, pero también porque los problemas ambientales como objeto de acción colectiva son “nuevos”,  y por lo tanto no existe una asignación previa de género.

Según Susan Paulson, investigadora en temas de género “quienes impulsan acciones en pro de la conservación tienen la enorme oportunidad de desarrollar propuestas equitativas de participación que permitan a hombres y mujeres, ricos y pobres, trabajar en igualdad de condiciones en el desarrollo de actividades innovadoras. De esta forma no sólo se logrará alcanzar los objetivos de la conservación sino que, a la vez, se contribuirá a disminuir la discriminación e inequidad mediante la creación de posibilidades de acceso equitativo a las oportunidades y beneficios de las acciones ambientales.”

Sin duda tanto las acciones ambientales como las de equidad de género permiten abrir nuevas formas de convivencia social, al nivel mundial, nacional pero también local, en todo caso despiertan nuevas habilidades y señalan nuevos caminos para una mejor forma de relacionarnos con la naturaleza y aprovechar más respetuosamente los servicios que esta nos provee.

Columna de opinión publicada en el diario digital Contrapunto de El Salvador.

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