Posteado por: periodistarural | 25 abril 2011

Descentralización: una trayectoria posible

Es una trayectoria posible. A esa conclusión llega el estudio sobre descentralización que Mario Waissbluth expone en el dossier semanal el sitio El Post de Chile. Estudio es comentado -con mirada crítica pero constructiva a la vez- dos personalidades que han estado encargadas de “tocar la guitarra” en este tema: el actual subsecretario de Desarrollo Regional, Miguel Flores, y su antecesora, Claudia Serrano.

COMENTARIOS AL ESTUDIO DE CLAUDIA SERRANO, DIRECTORA EJECUTIVA DE RIMISP – CENTRO LATINOAMERICANO PARA EL DESARROLLO RURAL

Para leer todo el artículo visite: http://elpost.cl/content/descentralización-una-trayectoria-posible

Es importante poner las cosas en blanco y negro desde el principio. El foco de la descentralización no es hacer más eficiente la gestión del Estado, no es una dinámica interna del aparato público. Se trata de descentralizar para apoyar y fortalecer procesos de desarrollo regional que conduzcan a mayores oportunidades de progreso y bienestar. Sobre estas materias comparto ampliamente los planteamientos de Mario Waissbluth, tanto cuando critica los logros alcanzados, como cuando plantea medidas específicas en diversos ámbitos para avanzar por fin de manera sustantiva.

No es difícil estar de acuerdo con el autor, y es más, apuesto a que es difícil encontrar a alguien que no concuerde con la idea de potenciar las capacidades regionales, innovar, agregar valor, preparar gente, generar nuevos nichos competitivos a lo largo del país o concordar que Chile es un país diverso, cuyas distintas realidades territoriales requieren atenciones especializadas.

El problema es que este asunto no se ha transformado en un issue de los políticos ni de los emprendedores, que han preferido el camino conocido de resolver sus asuntos siempre en referencia a la capital. Los mecanismos institucionales de descentralización que se han puesto en marcha no han implicado grandes cambios: las regiones tienen poca autonomía financiera, su cometido pasa por la inversión regional pero no por asuntos funcionales, las autoridades regionales son poco conocidas, excepto el intendente nombrado por el Presidente, pues la gente no vota por ellos y no sabe qué hacen.

Chile cuenta con una visión y una propuesta coherente y compartida por los estudiosos de estas materias. Sabemos qué hay que hacer desde el punto de vista de la política pública, pero se avanza con extrema lentitud. Tomando en cuenta mi experiencia, puedo nombrar no pocas medidas que se pusieron en marcha durante el gobierno de la presidenta Bachelet: traspaso de competencias de planificación territorial e instalación de equipos profesionales seleccionados por concurso público para constituir la unidad de planificación en todos los gobiernos regionales del país; reforma constitucional para la elección de consejeros y para el traspaso de competencias; instalación de agencias de desarrollo regional de composición público-privada en las 15 regiones; y la ley que autoriza el asociacionismo municipal, entre las más importantes. Pero la verdad es que todo sabe a poco y cuesta visualizarlo, porque no se ha modificado el imaginario cultural y político respecto del peso que tienen estos procesos en las oportunidades de desarrollo del país.

Tres ideas que comenta el autor son, a mi juicio, sustantivas. Primero, este es un asunto de compleja economía política que combina aspectos económicos, políticos, sociales y culturales. En Santiago, no sólo hay alta concentración de población, también de poder, prestigio, talento y oportunidades. No se trata de medidas más o medidas menos o de representantes regionalistas en el Congreso, sino de construir masa crítica regional: liderazgos, ideas, innovación, posiciones con impronta regional.

Segundo, relacionado con la anterior, una idea que debemos empezar a tomar en serio es que la descentralización es una alternativa de desarrollo  económico y social de los territorios. Chile se desarrolla, es cierto, pero de manera muy concentrada y desigual. Hay zonas y sectores ganadores por definición, donde están los recursos naturales competitivos y, por cierto, la capital, Santiago. ¿Y todo lo demás lo dejamos al amparo de subsidios, redistribución y compensaciones, o apoyamos la generación de procesos económicos territoriales de carácter inclusivo? 

Tercero, Waissbluth hace hincapié en las personas y sus capacidades. Este es, a mi modo de ver, el asunto medular. Aún si se avanzara en la veta institucional de la descentralización trasladando más poder, atribuciones y autonomía las regiones, sin actores regionales con identidad y propuestas sobre sus zonas, sin inversión en talento y creatividad, seguiremos en un proceso se corte administrativo alejado del proyecto propiamente regional del que nos habla Sergio Boisier. En otras palabras, si las regiones no se toman el poder para plantear autónomamente el proyecto de desarrollo que representan, no habrá alternativa propiamente regional y lo cierto es que éste es un proceso necesario para las regiones, pero especialmente para el país.

Chile sería un país mejor, si ese aire elitario y centralista que se siente en nuestra clase dominante se dejara permear por otros colores, posiciones, estilos y cualidades de gente talentosa y con propuestas, que no estudió en los cuatro colegios privados capitalinos de siempre. Para mejorar nuestro pobre desempeño en materias de igualdad, hay que abrir espacios a nuevas coaliciones de actores regionales, reformistas y con visión de futuro. Por estas razones, la propuestas que más me gustan son las que apuntan a los recursos humanos, los profesionales, comunicadores y líderes que se requieren en las regiones.

Hay un argumento, sin embargo, entre los planteamientos presentados por Waissbluth que hay que tomar con cuidado. No es verdad que no sea muy importante el proceso político de democratización de los consejos regionales, ni que éste sea un asunto que pueda abordarse más adelante. Es fundamental e imperativo que el sistema político regional cuente con bases elementales de legitimidad y en esto no existe un mejor test que el democrático. Es cierto que la elección directa de los representantes regionales no significa nada si no va de la mano de más atribuciones, competencias y recursos, pero seamos claros: el contar con representantes elegidos y responsables frente a la ciudadanía es imprescindible para hablar de procesos de descentralización y regionalización en Chile.

Waissbluth pone como ejemplo la existencia de alcaldes sin recursos que no pueden cambiar el orden de cosas en las comunas para argumentar que no siempre la elección democrática de las autoridades es tan importante. Discrepo, para esas comunas contar con su representante propio y elegido es algo vital y trascendente, que tiene que ver con la dignidad, legitimidad y relevancia de de la política.

Es más, si tuviera que resumir en dos ideas la agenda descentralización urgente para Chile diría: a) politicemos la agenda regional, que sea un tema, que se discuta en serio, que sea un asunto relevante para nuestras alternativas de desarrollo. Y b) pongamos todo el énfasis en la construcción de masa crítica regional, formar gente, mejorar el desempeño, generar liderazgo y vocería relacionada con los procesos económico productivos y con las ideas, innovaciones e interpretaciones acerca de las oportunidades de los territorios y su gente. Fruto de estos dos caminos es posible que se levanten liderazgos e ideas con sentido de futuro.

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