Posteado por: Julio Berdegué | 15 diciembre 2011

Territorios “rural-urbanos”: una oportunidad para un desarrollo más equilibrado

Por Julio Berdegué
Investigador de Rimisp – Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural y Coordinador del programa Dinámicas Territoriales Rurales

La población de América Latina es crecientemente urbana. Sin embargo, en países tan diversos como México, Chile y Nicaragua, una mayoría de la población continúa viviendo en localidades rurales y en pueblos y ciudades que distan mucho de las grandes urbes y metrópolis al estilo de Ciudad de México, Santiago o Managua. Agregando estos tres países, hay 73 millones de personas que habitan localidades rurales y urbanas de tamaño inferior a 250.000 habitantes. Es decir, el 59% de la población total.

Estos países ilustran que América Latina es una región donde la mayoría de la población vive en aldeas, pueblos y ciudades relativamente pequeños y donde, en consecuencia, el peso de lo rural (la economía, la cultura, la sociedad, la política y la historia rurales) sigue siendo muy relevante. Un porcentaje muy importante de la población de la región vive en lugares que se parecen más a Tizimín, Curanilahue o Rivas, que a Ciudad de México, Santiago o Managua.

Las investigaciones de los primeros proyectos del programa Dinámicas Territoriales Rurales encontraron que muchos de los territorios rurales que tienen dinámicas de crecimiento económico con inclusión social, cuentan con una ciudad al interior del territorio. Algunos ejemplos de ello son: Villamontes (16 mil habitantes) en el Chaco Tarijeño, Bolivia; Amargosa (20 mil) y Jaguaquara (35 mil) en Jiquiriça, Brasil; Castro (29 mil) en Chiloé, Chile; Ambato (154 mil) en Tungurahua, Ecuador; Chalatenango (13 mil) en la ribera norte del Humedal Cerrón Grande, en El Salvador; y Santo Tomás (12 mil) en Chontales, Nicaragua.

Los resultados del programa nos conducen a pensar que las ciudades rurales latinoamericanas se han constituido en los motores más dinámicos y más potentes del desarrollo rural en la región.

Un territorio rural que cuenta en su interior con una ciudad tendrá un conjunto de ventajas respecto de un territorio “rural profundo” que carezca de un centro poblado de cierta magnitud. Algunas de estas ventajas son muy notorias, como, por ejemplo, el tamaño y la diversidad del mercado laboral, el acceso a más y mejores servicios públicos y privados (tanto para las personas como para las empresas) o el potencial para la diversificación de la economía local y la expansión de la manufactura, el comercio u otros servicios.

Otras ventajas son menos visibles. Por ejemplo, la mayor diversidad social en un territorio rural-urbano facilita el surgimiento de nuevos tipos de coaliciones sociales, dotadas de proyectos de desarrollo diferentes a los que surgen de coaliciones integradas exclusivamente por actores de base agraria. La existencia de una ciudad confiere al territorio más poder, es decir, mayor capacidad para negociar, o para oponerse a actores extraterritoriales, incluyendo los organismos públicos regionales o nacionales. La ciudad se convierte además en un espacio de retención y reinversión de los excedentes del territorio, incluyendo los generados en su entorno rural; en cambio, cuando no existe un centro urbano, una mayor proporción de los excedentes se capturan, consumen, ahorran o reinvierten fuera del territorio.

Los trabajos en curso del programa Dinámicas Territoriales Rurales nos han permitido identificar con bastante precisión lo que llamamos territorios funcionales rural-urbanos. Se trata de territorios donde existe una alta frecuencia de interacciones entre un entorno rural y un centro urbano, los que para muchos efectos económicos, sociales y ambientales funcionan como una sola unidad funcional. Los trabajos de colegas del Colegio de México identifican 141 territorios funcionales rural-urbanos en su país, los que incluyen a 765 municipios. En el caso de Chile, se han encontrado 43 territorios de este tipo, donde viven casi 4 de cada 10 habitantes del país.

Estos territorios rural-urbanos superan en casi todos los indicadores sociales y económicos a los territorios más rurales, aquellos que carecen de una ciudad, y se aproximan y en algunos casos igualan a las grandes regiones metropolitanas. Si tomamos en cuenta los enormes costos o “externalidades” sociales y ambientales de las grandes urbes –a las que hace referencia un artículo reciente del semanario The Economist (ver AQUÍ)– no resulta difícil argumentar que los territorios rural-urbanos de América Latina representan una oportunidad insuficientemente explotada para un desarrollo social, ambiental y territorial más equilibrado, es decir, para un mejor desarrollo que aquel que, por acción u omisión, nos va convirtiendo a todos en habitantes de un puñado de gigantescas urbes cada vez más invivibles, incosteables e ingobernables.

Columna publicada en Revista Equitierra Nº10. Léala entrando a:
www.rimisp.org/equitierra

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