Posteado por: periodistarural | 30 diciembre 2011

Cambio institucional y la pugna distributiva

Por Alexander Schejtman
Investigador de Rimisp – Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural

Una de las hipótesis centrales al inicio del programa Dinámicas Territoriales Rurales, que coordina Rimisp, postulaba la existencia de relaciones de causalidad circular entre agentes (individuos u organizaciones dentro y fuera del territorio), los activos controlados por estos y las instituciones (formales o informales) que regían las relaciones entre los agentes. Una hipótesis, subordinada a la anterior, planteaba que las dinámicas capaces de generar crecimiento con inclusión social (menos pobreza y más equidad) eran el resultado de la presencia de agentes en coaliciones que podemos denominar desarrollistas, por contraste con aquellas que tienen impactos negativos en pobreza y equidad y que Peter Evans llamaría predatorias. Los resultados obtenidos por el programa sobre la evolución del ingreso (o consumo) per cápita, del índice Gini y de la pobreza en los territorios de los países de latinoamericanos, muestran que las coaliciones desarrollistas son más la excepción que la regla, pues solo un 14% de los territorios analizados exhibe tendencias favorables en los tres indicadores.

Una lectura desde el institucionalismo histórico postularía que dichos resultados serían atribuibles a la existencia de entramados institucionales cuya evolución estuvo determinada por estructuras de larga data y cuya persistencia solo es alterada por acontecimientos o shocks más o menos radicales. La presencia de estructuras agrarias tipo latifundio aparecen en muchos países como generadoras de dinámicas poco inclusivas y polarizadoras, como parece haber sido el caso de los países en que dominaban dichas estructuras en las fases iniciales de la industrialización. En efecto, el binomio latifundio-minifundio tuvo profundos efectos no solo en la estructura del poder, sino también en los patrones de acumulación, en la distribución del ingreso y las pautas de consumo, en la escasez o el carácter distorsionado de los estímulos a la incorporación de progreso técnico, y en la reducida gestación de una masa de empresarios que llevaron al Estado a asumir cierto protagonismo en el impulso a la industrialización que, en dicho contexto, terminó siendo una industrialización trunca.

Es evidente que el viejo binomio se ha ido desdibujando con el tiempo –sea por efecto de procesos revolucionarios, de las reformas agrarias, del ascenso de capas medias a espacios de poder, de la emergencia de movimientos sociales contestatarios o de las políticas de reforma estructural, entre otras–, y nos encontramos con estructuras agrarias bimodales, con elites que se reproducen en ámbitos distintos al agrario y con el propio mundo rural que ya no es el que era. Sin perjuicio de estos cambios, no es difícil percibir en el presente elementos –muchos de ellos informales– en la trama de las instituciones sociales, que son reminiscentes de las viejas estructuras oligárquicas.

Esta combinación entre el peso de la historia y la presencia de elementos inmanentes da un alto grado de estabilidad o equilibrio a la estructura institucional que, según algunos, solo son interrumpidos por encrucijadas cruciales que abren la oportunidad para que coaliciones alternativas o agentes históricos logren alterar la trayectoria del desarrollo de la sociedad, abriendo el viejo debate entre estructura y agencia.

Sin perjuicio de compartir esta visión para interpretar procesos de cambio estructural, también es posible ver en la evolución de las instituciones procesos de cambio gradual, como aquellos que se derivan de la pugna distributiva (por ingresos, capitales, poder, etc.) en la que las instituciones formales van siendo erosionadas lentamente por los resquicios que permite su implementación o porque el fundamento que les dio origen se estrella con los efectos producidos por dicha implementación.

La pugna distributiva parece ser una condición permanente del desarrollo capitalista que puede no tener manifestaciones explosivas gracias a cambios graduales (incluso cosméticos) en las reglas que afectan a los perdedores, o por modificaciones algo más significativas en respuesta a huelgas o movimientos sociales contestatarios, generando nuevas reglas que corrigen el entramado existente sin un cambio paradigmático.

Cabe preguntarse, a la luz de las enormes tensiones y conflictos sociales cuyo trasfondo son las profundas y crecientes desigualdades, si la capacidad de cambio gradual de las instituciones está llegando a su límite, poniendo en cuestión la legitimidad de las coaliciones dominantes y abriendo el paso a nuevos actores, nuevas propuestas y nuevas alianzas.

Columna publicada en Revista Equitierra Nº10. Léala entrando a:
www.rimisp.org/equitierra

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