Posteado por: periodistarural | 10 abril 2012

Un reto para Nicaragua: Incorporar a la mujer rural en la construcción de la agenda territorial

Por Ligia Ivette Gómez
Investigadora de Nitlapan, Universidad Centroamericana (UCA) – Nicaragua

En Nicaragua, uno de los países más pobres de América Latina, se ha trabajado por años en la lucha contra la pobreza; sin embargo, los niveles de pobreza y de desigualdad continúan siendo altos. Los grupos más vulnerables son las mujeres, la niñez y la adolescencia, dado que son los que se encuentran en una posición subordinada en el sistema de género predominante en el país; las mujeres, cuando son niñas y adolescentes, deben obediencia a sus padres, y cuando son adultas deben obediencia a sus maridos.

Además, según el censo de población del 2005, el 30% de los hogares son dirigidos por mujeres solas que enfrentan la responsabilidad del cuidado y formación de los hijos, teniendo que buscar medios de vida en mercados que no prestan servicios para que las madres puedan delegar el cuidado de sus hijos, de manera que deben acudir a las abuelas para poder insertarse en el mercado laboral.

Los proyectos del gobierno, la cooperación internacional y las organizaciones no gubernamentales que tienen como objetivo el desarrollo productivo o la diversificación de ingresos, dirigen sus recursos para mejorar los activos productivos, los cuales son controlados por los hombres; en cambio, los proyectos que están dirigidos para las mujeres son pocos y su contenido es de carácter asistencialista.

La mayoría de las intervenciones de desarrollo utilizan el enfoque de género como algo que debe estar presente en todo lo que hacen, pero no destinan recursos específicos para el desarrollo de las mujeres, lo que en la práctica se traduce en hacer invisible la problemática de las mujeres en las acciones para el desarrollo. Estudios realizados en el marco del programa Dinámicas Territoriales Rurales (DTR) de Rimisp muestran que cuando hay acceso de las mujeres a los activos, incluyendo el empleo permanente, los niveles de pobreza se reducen (ver Rodríguez, T., Gómez, L., Paulson, Documento de Trabajo N° 88 del programa DTR. Rimisp. 2011). Sin embargo, por lo general, en los territorios las mujeres no son actores visibles, no tienen poder para poner en la agenda sus problemáticas para crear y acceder a medios de vida.

Por lo tanto, el desarrollo territorial enfrenta problemas para impactar en el bienestar de las mujeres. Primero, porque para lograr que funcionen círculos virtuosos de crecimiento con reducción de la pobreza y de la desigualdad, es necesario contar con coaliciones transformadoras amplias, con poder y con un objetivo de desarrollo territorial. Aun en los lugares donde existe este tipo de coaliciones, como ocurre en el Macizo de Peñas Blancas en Matagalpa, donde está funcionando una coalición para el manejo de los recursos naturales del territorio, las mujeres no están proponiendo agenda, pese a que en ese caso el argumento central de la coalición es la gestión del agua y las mujeres son las que más compiten por el uso doméstico del recurso frente a los usos productivos que realizan mayoritariamente los hombres (ver Gómez L. and Ravnborg H.M, CAPRi Working Paper Nº 101, 2011). Esta situación se debe a que la interacción de los hogares con la vida pública ha sido asignada a los hombres, y las mujeres continúan respetando esa división de roles. Además, la movilización de actores se da a través del tejido institucional existente, donde las mujeres no tienen formas de participación. En este sentido, un primer desafío para generar desarrollo territorial es lograr la inserción de las mujeres en la estructura organizativa.

El segundo problema es el contenido de ese tejido social, donde se manifiesta la autoexclusión de las mujeres como un fenómeno de persistencia institucional. El sistema valora si las mujeres son sumisas, obedientes, si están en sus casas, si no cuestionan las decisiones de los hombres. Hay que cambiar todo ese sistema de valores que juega en contra de las mujeres y que es reproducido por ellas mismas.

De manera que para lograr el desarrollo territorial se debe propiciar un cambio institucional que sea explícito en su objetivo de incorporación de las mujeres en el tejido organizacional, en la coalición, y en poner en el debate público y en el sistema educativo valores sociales que promuevan que las mujeres puedan ejercer su voluntad sin sentirse cuestionadas o culpables, para ser así agentes de desarrollo.

Columna publicada en Revista Equitierra Nº11. Léala entrando a:
www.rimisp.org/equitierra

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