Posteado por: Rimisp | 30 julio 2012

Menos pobreza en Chile y más complejidad de lo que resta por hacer

Por Claudia Serrano
Directora ejecutiva de Rimisp – Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural

Los chilenos hemos conocido una buena noticia: continúa disminuyendo el número de personas que viven en condición de pobreza, esto es, que no reúnen el ingreso necesario para financiar sus necesidades elementales. Entre 2009 y 2001 el porcentaje baja de 15.1% a 14.4%. Más fuerte es la caída de la población indigente que baja de 3.7% a 2,8%.

A lo largo de una importante trayectoria de políticas económicas y sociales, hemos aprendido que los buenos resultados en materia de superación de la pobreza resultan de una combinación de dos elementos: el dinamismo económico que genera crecimiento y empleo y un adecuado paquete de políticas sociales que combina una oferta pública de salud, vivienda, educación y previsión social, junto a transferencias directas de ingreso dirigidas directamente a los más pobres. Esta es la alternativa que se ha puesto en marcha en Chile y que, podemos comprobar, está dando buenos resultados. Aportan a este diseño iniciativas tales como el programa Chile Solidario, la Reforma Previsional y el recientemente implementado ingreso Ético Familiar, en un contexto de buen desempeño económico y caída del desempleo que golpeó al país el año 2009.

Sin embargo, observamos también algunos hechos preocupantes. En primer lugar, hemos llegado a una suerte de meseta desde la cual resulta difícil alcanzar mejoras significativas. El último cambio importante se produjo entre la medición del año 2003 al 2006, cuando el porcentaje bajó de 18,7 a 13,7. Desde entonces fluctúa en torno al 14%, e incluso la medición del 2009 detectó una leve alza que fue ampliamente discutida en su momento y que se explica por el impacto de la crisis económica del período. Nos movemos en un rango que es positivo respecto de nuestro pasado y al comparar con otros países de América Latina, pero que no nos puede hacer olvidar que un poco menos de dos y medio millones de personas continúan enfrentando serías limitaciones para poder llevar adelante sus vidas. A su vez, observamos que las medidas de transferencias directas o políticas de bonos a los más pobres tiene límites, a no ser que estemos dispuestos a subsidiar de manera importante las brechas de ingreso de los más necesitados, lo que tiene efectos contra producentes de dependencia y estigmatización social. El verdadero mecanismo de protección para los más pobres es el empleo digno y el salario justo. En este ámbito, estamos lejos de brindar a los chilenos las oportunidades que merecen.

Será necesario investigar con mayor detalle sobre estas cifras cuando tengamos acceso a la totalidad de las bases de datos de la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional, Casen, para determinar cuánto de las mejoras se explica por crecimiento del ingreso autónomo de los hogares y cuánto como resultado de las políticas de transferencias directas a los más pobres. Deberemos investigar también sobre un tema que ha estado en el centro del debate en las últimas cuatro semanas, cuantos chilenos y chilenas, aún trabajando, permanecen bajo la línea de la pobreza medida por ingreso y cuan efectivo es el salario mínimo y en general la política de empleo, para mejorar el nivel de vida de los más pobres.

Otro punto que exige mayor atención es la distribución territorial de la pobreza. Si bien en 10 regiones y en el promedio nacional se logra bajar respecto de la medición anterior, en Los Lagos, Valparaíso, Bío Bío y Arica Parinacota las cosas empeoran, mientras que la región de la Araucanía mantiene su posición con el porcentaje más alto de pobreza del país en un 22%. Estos datos obligan a pensar en políticas territoriales que complementen los esfuerzos nacionales.

Un último punto sobre el cual es imprescindible prestar atención dice relación con los aspectos cualitativos de la pobreza. Al mismo tiempo que se han logrado mejoras en algunos estándares básicos, sabemos que el perfil de los pobres es hoy diferente al de ayer, un pobre desnutrido, analfabeto, allegado, trabajador precario o informal y miembro de una familia numerosa. Hoy, como señala la Fundación para Superación de la Pobreza, estamos frente a una nueva pobreza alfabetizada, residente de una casa estatalmente subsidiada, con superávit calórico y que termina la enseñanza básica y posiblemente la media, pero aún así, precaria, inestable, con cíclicas situaciones de riesgo respecto a la satisfacción de sus necesidades básicas y con escasas opciones de tomar decisiones respecto de su propia vida.

Chile ha recorrido un camino con relativo éxito, pero no es la hora de sentarse en los laureles sino de pensar en que la superación de la pobreza tiene que ver con garantizar condiciones mínimas de seguridad y bienestar para un nuevo tipo de pobres, los que, paradojalmente, están a la vez más incluidos pero más segregados de un mundo donde se puedan concebir y actuar como sujetos autónomos en un marco de dignidades y derechos.

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