Posteado por: Rimisp | 1 agosto 2012

Impulso a la producción, antídoto a la carestía

Por José Antonio Mendoza Zazueta
Secretario técnico del Grupo Diálogo Rural México del proyecto Conocimiento y Cambio en Pobreza Rural y Desarrollo

La carrera ascendente de los precios alimentarios coloca en una situación de franca fragilidad a los pobladores rurales; paradójicamente, los campesinos -que tienen en sus manos tierra para producir alimentos- son el sector de la población mexicana más expuesto a los fenómenos globales que encarecen los alimentos, debido a que las políticas públicas de las tres décadas recientes han prácticamente ignorado sus capacidades productivas y han soslayado sus necesidades de conexión con los mercados, si bien se les ha atendido desde el asistencialismo.

De acuerdo con el Informe de la política de desarrollo social en México 2011, del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), entre enero de 2005 y diciembre de 2011 la canasta alimentaria rural se elevó en 53%, al pasar de 492.64 a 755.73 pesos per cápita mensual (en pesos corrientes), al tiempo que la canasta urbana creció en 50%. El documento dice también que hasta antes de abril de 2010 la inflación alimentaria fue mayor a la inflación general, lo cual implicó una caída de la capacidad adquisitiva de la población.

Considerando que la población pobre –que se concentra en el medio rural- invierte 70% de su ingreso en la compra de alimentos, resulta lógico que su encarecimiento represente un golpe que ahonda la precariedad en las condiciones de vida de la gente.

Los precios internacionales de los alimentos han tendido al alza y se han vuelto extremadamente volátiles desde 2006 y 2007 debido a una mezcla de factores: la financiarización de los mercados (fenómeno reciente que implica la presencia masiva de especuladores en los mercados de futuros y opciones de materias primas, con operaciones de contratos conjuntos de productos financieros, del petróleo y agrícolas, que se compran y se venden en cuestión de minutos); eventos meteorológicos que se han multiplicado a causa del cambio climático y que han propiciado escasez momentánea de algunos productos o incertidumbre sobre la oferta a futuro.

Un informe publicado en mayo pasado por Action Aid –Agrocombustibles: fogoneros del hambre- se centra en el maíz transformado en etanol y sus repercusiones en México. Dice que Estados Unidos, el principal productor y exportador de maíz en el mundo, utilizó en 2000 un 5% de su cosecha en la elaboración de etanol, y actualmente usa ya 40%; la producción de maíz estimada de ese país en 2012 es de 350 millones de toneladas. Este impulso a los agrocombustibles es y continuará siendo creciente, pues obedece al interés estadounidense de reducir su dependencia de combustibles fósiles.

Lo que se observa entonces es que, dada la globalización, hay diversos factores que determinan la tendencia de los precios (y también el comportamiento de la oferta/demanda) que no dependen de las decisiones de los productores, de la población o del gobierno de México. Y ante ello, lo que sí podría hacer nuestro país es buscar fórmulas domésticas compensatorias.

El potencial lo tenemos en los dos millones 689 mil unidades de producción rural (UPRs) que tienen superficies de pequeña escala, menores a cinco hectáreas, y que representan el 70% del total de UPRs del país. Dotar de sistemas de riego a unidades ubicadas en el sur-sureste; transferir tecnología; impulsar la investigación; apoyar a los productores para que se enlacen con los mercados, es lo que se puede y debe hacer. Se puede decir que la agricultura de mayor escala ha llegado al umbral de sus posibilidades productivas, pero el minifundio tiene mucho que escalar. Hay evidencias de ello. (UPRs de pequeña escala tecnificadas en Puebla están produciendo de siete a nueve toneladas por hectárea, contra dos de predios vecinos.) Además es en el minifundio donde se ubican los campesinos que sufren pobreza y donde los cultivos básicos son la producción prioritaria.

Hay datos que preocupan –relativos a nuestros superbásicos, el maíz y el frijol-. Son datos que revelan la urgencia de impulsar la producción interna. Con casi 10 millones de toneladas de maíz importadas en 2011, México erogó casi 2 mil 800 millones de dólares, mucho más que los 550 millones pagados en 2000. A finales de 2006 el precio de la tortilla estaba alrededor de seis pesos por kilo; en 2007 hubo manifestaciones públicas por su encarecimiento abrupto –ligado al boom de los agrocombustibles- y hoy la tortilla rebasa los 12 pesos por kilo.

En frijol, la tasa anual de su encarecimiento es de 55%. Hay que considerar que la sequía de 2011 propició una caída de alrededor de 50% en la cosecha mexicana de esta leguminosa.

Columna de opinión publicada en Diario El Universal de México

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: